La luz se enciende y parece obedecer, como si siempre hubiera estado ahí, esperando. Pero detrás de ese gesto mínimo hay turbinas, torres, cables interminables y, muchas veces, fuego: gas ardiendo para que una cocina caliente, un aula se ilumine o que una heladera no se rinda. Por eso, octubre pasado, dejó una sorpresa de las que cambian la mirada: durante ese mes, en Argentina, el sol, el viento y el agua empujaron tanto que, juntos, pasaron a ser mayoría en la generación eléctrica; un dato que obliga a pensar el enchufe con otros ojos.
La transición energética en el país dejó de ser una promesa abstracta y empezó a verse en los tableros. El nuevo escenario combina dos motores que, hasta hace poco, parecían correr por carriles separados: por un lado, el salto de Vaca Muerta y los hidrocarburos no convencionales, que consolidan al país como exportador de petróleo y gas; por el otro, un crecimiento sostenido de la eólica y la solar, que empiezan a ganar terreno en la matriz eléctrica, aunque el gas natural y el petróleo sigan siendo la base del sistema.
De acuerdo con el Monitor Eléctrico de Regional Investment Consulting SA (Ricsa), consultado por la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, en octubre pasado las renovables alcanzaron su mayor participación histórica en la generación eléctrica, con un 24,8 por ciento, sin contar las grandes represas. La hidráulica aportó otro 26,67 por ciento, de modo que el bloque “limpio” sumó un 51,47 por ciento del total de la matriz eléctrica nacional durante ese mes.
El volumen también mostró músculo: la generación renovable trepó a 2.706 GWh en octubre, con una suba del 13,6 por ciento respecto de septiembre y un salto interanual del 29,7 por ciento frente a octubre de 2024. La foto es contundente: cuando el viento y el sol acompañan, el sistema responde y la electricidad cambia de color. Sin embargo, algo queda dicho: la energía en el país y en el mundo sigue bailando al ritmo del petróleo y el carbón. Por eso, en parte, se explica lo que sucede en Venezuela.
El espejo mundial y una advertencia clave
El salto local encaja con una tendencia global que 2025 dejó bien marcada. En la primera mitad del año, las renovables generaron más electricidad que el carbón a nivel mundial: 5.072 teravatios hora contra 4.896. Y en ese mismo período, el crecimiento de la solar y la eólica alcanzó para cubrir el aumento del consumo global de electricidad entre enero y junio. Por eso la revista Science eligió el auge de las renovables como su Avance del Año 2025: no por una “tecnología nueva”, sino por la velocidad y la escala con que se está desplegando.
Ahora viene la parte que evita el autoengaño: una cosa es la electricidad y otra es la energía total que usa un país. Aunque en octubre el enchufe argentino se haya visto más “limpio”, en la energía total Argentina sigue dependiendo muchísimo de combustibles fósiles. En 2024, el 82,6 por ciento de la energía consumida fue de origen fósil, sobre todo gas natural (46,8 por ciento) y petróleo (34,8 por ciento). Dicho simple: se puede tener un mes eléctrico muy bueno y, aun así, seguir usando muchísimo combustible para transporte, industria y calefacción.
Con todo, la combinación de viento, sol y agua ya demostró que puede jugar en primera. La pregunta que queda en el aire es concreta: si ocurrió un mes, ¿qué falta para que se repita más seguido? Con esa nueva mezcla sobre la mesa, se abre un debate clave sobre el rol de las empresas y del Estado.
La agenda ya no pasa solo por producir más, sino por modernizar la infraestructura, sostener competitividad y acelerar una transición creíble: redes capaces de absorber más generación variable, reglas de juego que destraben inversión y, al mismo tiempo, precios que no expulsen a la industria ni castiguen a los hogares. El desafío dejó de ser “si” y pasó a ser “cómo” y “a qué velocidad”, sin dinamitar la economía en el camino.